martes, 7 de febrero de 2017

Lo extraño.

Los que creen que sólo te podés mantener despierto con café, no saben cuánto te puede desvelar un corazón roto. Los 5 de cada mes para mí son de nostalgia. ¿Por qué? porque siempre
significaron despedidas, pérdidas, tardes grises.
Jueves 5 de enero. Ciudad del caos, gente que va y viene, transportes llenos, pensamientos dispersos y un aroma a café con medialunas en el aire. En medio de todo aquello, de todas esas preocupaciones y las contestaciones dichas en monosílabos, estaba yo, sentada en el colectivo pidiendo un deseo. Un estúpido e insignificante deseo: que Dios me regalara la posibilidad de nunca dejar de verlo. A nadie le importaba, ni siquiera a esa persona invocada. Como ya dije, era un absurdo deseo que pasaba desapercibido entre las cosas realmente importantes. Y como sucede con las cosas imposibles, hubo instantes de felicidad en que mi sueño se cumplió. Y esa ansiedad acumulada se difuminó cuándo él apareció esa tarde y yo salté del banquito blanco en el que estaba sentada para ir a abrazarlo con fuerza, como si ese abrazo fuera la primera vez, o la última. La mejor parte de la historia fue haber creído que esa alegría duraría cuatro veces más de lo esperado. Que las cosas insignificantes como una sonrisa irradiada de sus labios podía hacer a los problemas desaparecer. Es que él fue un bálsamo para mí. Pero el sueño que pedí con tanta fuerza no se cumplió y ese día fue la ultima vez que lo vi. Si lo hubiera sabido seguramente hubiera actuado de otra manera, lo hubiera abrazado hasta asfixiarlo, hubieramos tomado mucho más helado, hubiera dejado pasar varios colectivos para que la tarde con él nunca terminara. Lo hubiera besado mucho mejor. Le hubiera dicho todas esas cosas que no me animé a decir. No sé porqué tuve tanto miedo si la vida es una sola y vuela rápido, y las personas inolvidables jamás regresan. Cierro los ojos y no entiendo nada. Sólo se que él está ahí, en cada pensamiento. Estoy anestesiada con su ausencia. Me duelen las manos. Atravieso el duelo mientras me voy perdiendo en días eternos donde el dolor de cabeza no para. Llegó tarde, como todas las cosas buenas e inoportunas de mi vida. Pero llegó. Y lo espero acá de vuelta, para volver a cruzármelo o volver a escribirle. 

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