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Una llamada puede cambiar el sentido de una vida. No lo tenía todo, pero tampoco lo necesitaba todo. Sólo quería ser feliz. Y en esa búsqueda, apareció tu número en mi teléfono, llamándome. ¿Eras vos realmente? ¿Aquel muchacho que tanto había observado de lejos ahora estaba buscándome? Cuando gran parte de la ciudad ya estaba durmiendo en sus camas conciliando un sueño del que yo no quería ser parte, ahí estábamos contándonos un mundo de historias. Fue una madrugada intensa que nos pareció interminable.
Me sorprendió cómo me daba fuerzas cuando el que las necesitaba era él. Él. A partir de esa noche, mi felicidad fue Él. Él, sonriéndome aunque le faltaran motivos. Él, animándome a seguir. Él, contándome sus infidencias de amores y no tan amores. Él, hablándome de empezar otra vez por el precio que sea. Él, ofreciéndome un abrazo aunque parezca innecesario. Él, inventando un mundo ideal dónde sólo había lugar para dos. Él, acompañándome en una tarde soleada con un café de por medio. Él, desvelándose para verme soñar. Yo, desvelándome para verlo soñar. Susurrándonos te quieros al oído. Sin motivo, ni reglas ni condiciones...


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Esa clase de mujer.

Me cansé de tantas vueltas. Mías, de él, de los dos.
No tengo ganas de ser yo siempre la que hable, la que invite, la que espere. Merezco que él mueva los hilos alguna vez. Si no puede hacerlo, entonces, no es para mi.
Te mostrás tal cual sos, le manifestás tus intenciones de verlo y hasta le volvés a escribir después de clavarte cincuenta veces el visto. Y una siempre se queda hecha un bollito conformándose con invitaciones a medias, indirectas extrañas, demostraciones de cariño que nunca llegan a volverse reales... Lo que ocurre es bastante sencillo. Soy esa clase de mujer que nunca es suficiente. De esas que siempre son buenas amigas, grandes confidentes, profundas amantes de la vida, pero que no alcanzan la categoría de indispensables. Con el brillo adecuado para alumbrar... pero insuficiente para encender.
Siempre suele faltarme una dósis de paciencia, un gesto oportuno, una carta por mostrar...
Siempre suele sobrarme una pregunta, una presencia, una lágrima que cae sin avisar..…

L

Cada vez que coloco la letra "L" en el buscador de Facebook, me aparece primero tu nombre. La razón es bastante sencilla. Durante mucho tiempo fuiste la única "L" que me interesó. Así sigue siendo. Aún no encontré otro "amor platónico" y no sé si quiera volver a tenerlo. Todos los que alguna vez tuvieron un amor imposible me entenderán cuando digo que ésto de las redes sociales hacen que nos sintamos más cercanos con ellos. No sos una celebridad ni vivís a miles de kilómetros de distancia como mis artistas favoritos. Vivís en mi misma ciudad, muy cerca mío pero aún así nos separa algo mucho más fuerte que la barrera del tiempo y el espacio... los sentimientos. Para mi lo llegaste a ser (casi) todo, para vos yo no llegué a ser nada. Te habré visto en persona tan sólo unas veces, y fueron suficientes para enamorarme perdidamente de vos. Nunca me gustaste por el físico, me enamoró tu inteligencia, tu manera de ver la vida, tu sentido del humor, tus valores.…

Lo odio porque lo amo

Lo odio porque lo amo.
Lo odio porque no le sirvo, porque mi existencia le es indiferente, porque a su lado sobro más de lo que falto.
Lo odio porque morí mil veces y no se enteró.
Lo odio porque lloré, grité, pataleé y no me escuchó.
Lo odio porque sabe de mi indefensa fascinación por lo imposible. Porque no me creció ningún ala por encima de mis cicatrices.
Lo odio porque me hace odiar mis rarezas, odiar mis costumbres.
Lo odio porque me hace desear arrancar mis defectos, renacer y volver a morirme.
Lo odio porque lo amo. Lo amo porque lo sabe. Lo sabe porque así lo quise.