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Esa clase de mujer.

Me cansé de tantas vueltas. Mías, de él, de los dos.
No tengo ganas de ser yo siempre la que hable, la que invite, la que espere. Merezco que él mueva los hilos alguna vez. Si no puede hacerlo, entonces, no es para mi.
Te mostrás tal cual sos, le manifestás tus intenciones de verlo y hasta le volvés a escribir después de clavarte cincuenta veces el visto. Y una siempre se queda hecha un bollito conformándose con invitaciones a medias, indirectas extrañas, demostraciones de cariño que nunca llegan a volverse reales... Lo que ocurre es bastante sencillo. Soy esa clase de mujer que nunca es suficiente. De esas que siempre son buenas amigas, grandes confidentes, profundas amantes de la vida, pero que no alcanzan la categoría de indispensables. Con el brillo adecuado para alumbrar... pero insuficiente para encender.
Siempre suele faltarme una dósis de paciencia, un gesto oportuno, una carta por mostrar...
Siempre suele sobrarme una pregunta, una presencia, una lágrima que cae sin avisar...
A veces es pecado tener los brazos tan abiertos dispuestos a abrazar. Son pocas mis virtudes y demasiadas las dudas que guardo en mi placard.
Soy de esas mujeres a las que, en cuestiones del amor, todo les cuesta el doble.
El doble de tiempo, el doble de paciencia, el doble de riesgo.
Sin la certeza de que el tiempo conmueva, enlace, acerque.
Tal vez sea una cuestión implícita en la felicidad éso de que a mayor sacrificio mayor la gloria...
Para poder viajar hay que soportar la claustrofobia de un avión desplazándose a diez mil metros del suelo. Para ganar plata hay que trabajar más de lo recomendable. Para saber, hay que estudiar. Para curarse, dejarse operar. Para ser madre, parir. Para llegar alto, subir.
Y para querer, sólo hace falta desgarrarse el alma como quien ya conoció de cerca la soledad y no piensa volver.

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